Girona

La punta del iceberg

  • David Mérida
  • Actualizado:
  • Creado:

Nos cuentan los que saben que solo 1/9 parte de un iceberg es visible y que el resto permanece sumergido, pudiendo llegar a tener una longitud de varios kilómetros bajo la superficie del mar.

Sólo sumergiéndonos en esas profundidades podríamos conmensurar la real magnitud de lo que existe. 

De igual forma, podríamos hablar de la existencia de los iceberg de la historia. Aquellos días emblemáticos que sobresalieron en el mapa temporal de nuestra raza humana y de los cuales, en aquel momento, solo se alcanzaba a ver la 1/9 parte de su verdadera magnitud, extensión, causas y alcance de los mismos. 

En marzo de 1982, en Argentina, la calle estaba incendiada y las manifestaciones de los argentinos desbordaban a la policía en todo el país. El proceso militar estaba llegando a su patético final. Había fracasado y mostrado su devastadora cara. 

El General Galtieri, el presidente de turno y jefe de las fuerzas armadas, hacía malabares para sostener la situación. Una situación desbocada por el descontento de la clase obrera, los impuestos desorbitados, una deuda externa que había crecido un 400% desde el inicio del proceso y una iglesia que predecía que el golpe militar sería reconocido por el tiempo como la obra de Dios que los argentinos deberíamos agradecer. 

El 30 de marzo de ese año, la CGT convocaba a todo el país a la movilización obrera más grande, nunca vista desde el inicio del proceso y por su parte, los militares llenaban las calles de refuerzos con el fin de aplastar la protesta. La represión fue brutal, dejando como nefasto saldo la muerte de un obrero a causa de una bala “perdida”. Los hechos le habían marcado al proceso las contadas horas que le quedaban. 

Sin embargo y como ocurre en esas situaciones extremas, en donde el status-quo desesperadamente observa como pierde el poder, la jugada maestra se puso en marcha, aplicando la vieja teoría de la manipulación de las masas. Y así, el 2 de abril, los argentinos amanecíamos  con una inesperada noticia que daría un vuelco radical a la realidad argentina. Tras 150 años de usurpación inglesa, habíamos recuperado las Malvinas. Una jugada magistral con la que consiguieron unificar, bajo una misma bandera, un gobierno y un país que, hasta hacía pocos días, estaban enfrentados por el proceso.

La gente, como curiosamente suele ocurrir en estas situaciones, salió en masa a la calle a dar soporte a la soberanía nacional,  olvidándose de lo que había pasado 2 días antes, llenando con donaciones arcas de dinero y camiones de comida y ropa para arropar al ejército. Miles de jóvenes y no jóvenes se apuntaron como voluntarios al carro para ir a matar ingleses como quien se apunta a un partido de futbol. ¡Viva la patria! ¡Mueran los piratas!

La guerra duró 74 días, Más de 1700 bajas entre muertos y heridos. Y, otra vez, la 1/9 parte del iceberg que quisimos ver, nos ocultó la otra 8/9 parte que la historia y el tiempo luego nos refregó por la cara. Otra vez, las cartas bien jugadas de un posible perdedor, le permitieron tomar un corto respiro, pero respiro al fin, para recuperar el poder que no quería perder, ocasionando a la masa, al pueblo, un daño inmenso que quedó grabado a fuego en cientos de familias que no volvieron a ver retornar a sus seres queridos. Una causa que no tuvo sentido desde el inicio, pero que, vaya a saber porqué, las masas solemos tomarla, enarbolarla y llevarla hasta el final, como ignorantes que viendo la punta del iceberg creemos que lo estamos viendo todo. El problema es que las entrañas no han sido hechas para pensar.

Así, nuestra humana historia está llena de icebergs que sólo el tiempo nos permitirá (o no) sumergirnos en las profundidades de sus desconocidas aguas para sacar a la luz la verdadera magnitud de su cuerpo.  

Llegados a este punto temporal y a las latitudes en las que nos toca vivir y convivir en Cataluña, los picos de icebergs que encontramos son tantos que supongo que alguien en algún momento podrá conectarlos y descubrir si pertenecen al mismo volumen. Y tal  inmersión quizás nos lleve a entender el 21-D, el 1-0, el pacto fiscal, l’estatut, la república de Companys del 6 de Octubre, el 11 de septiembre de 1714 y así hasta sumergirnos quizás en las profundidades más recónditas del primer independentista del Cromañón. El problema que para atar todos esos puntos, no podemos ni debemos perder el contexto ni la demografía social del momento. Caso contrario, caeremos en la nefasto error de creer que la historia es lo único que puede dar razón a nuestras convicciones, decisiones y movimientos. 

Dicho de otra manera, no podemos perder de vista las personas. Quisiera que alguno de cualquiera de los bandos rescatara una  persona de aquellas épocas, un abuelo de la guerra civil española, que a día de hoy aún creyera que salir a la calle al choque violento es la mejor manera de solucionar los conflictos. 

La futilidad de no haber perdido un hijo, un compañero, un amigo, es lo único que puede justificar la soberbia ignorancia de creer que esto es tan solo un juego de niños.

Palabras clave: