Girona

El romanticismo de los símbolos

  • David Mérida
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Tras tantos obstinados acontecimientos, propuestas extravagantes y días que no tienen desperdicio para la anécdota histórica...

Burro català
Burro català

... no puedo evitar preguntarme si tanta tozudez no es parte de algún curioso plan que  intenta reivindicar el rasgo menos glamuroso del iconográfico burro catalán: la terquedad.

Podríamos convenir que en cualquier guerra ideológica, los símbolos son útiles. Pero, útiles hasta cierto punto, pasado el cual, el símbolo tozudo se vuelve un arma de destrucción masiva. Tanto esto es así, que en un escenario como el actual, con la posibilidad de formar un gobierno independentista que haga prevalecer el famoso y por tantos apelado “seny català”, se ha impuesto, no obstante, la obstinación que proclama desgarradamente  el símbolo del “President legítim”, que inevitablemente tirará por tierra cualquier estrategia republicana a largo plazo. Cosa que hace incomprensible tal estrategia tan absurda.

Tan engorrosa es la situación que, por un lado, el mundo independentista machaca con la inexistencia de la separación de poderes y por otro, al mismo tiempo, pretende y exige un pacto entre la cara ejecutiva del estado, para que el costado judicial haga la vista gorda a todas las causa abiertas que (mal o bien)  tiene el “President” y llegar así a un borrón y cuenta nueva para que pueda ser investido. Es decir, en algún punto de la paradoja, hemos perdido también aquello que curiosamente denuncian: la separación de poderes.

Debo decir que nunca fui amigo de los “líderes imprescindibles”. Toda causa / movimiento debe estar sustentada en una ideología firme y convencida que no puede, ni debe, depender de una persona. Los grandes movimientos deben sobrevivir a la persona y no morir con ella. Pero en Catalunya pareciera que si Puigdemont no es el President, cual símbolo de “Jo sóc la república”, la causa o “procés” no tiene sentido. Sin embargo y si por el contrario, el movimiento fuese inteligente y habrían formado ya gobierno, hace rato  que por lejos habrían ganado al menos esta partida.

Pero aquí seguimos, encallados y ya no se en cuál casilla, porque esto se ha vuelto un galimatías tan absurdo que no hay quien lo descifre. Ahora estamos en la pantalla de la doble presidencia o la de los consejos republicanos. Uno aquí con los hilos que lleguen hasta allá, tal que, cual marionetas cibernéticas, los de aquí deberían seguir las directrices “del de allá” (singular), que pareciera ser que es el único que la tiene clara. Todo vía Skype que sin lugar a dudas superará cualquier sainete del siglo XXI.

Mientras, la gente, brújula en mano, intenta seguir el espectáculo, discute ya no sabe qué, llegando a veces a que alguno ya ni siquiera sabe en qué bando ha quedado. Siguen estancados sacándose manos para ver quién tiene razón, omitiendo lo peor y que es que ni los dirigentes mismos saben ya como poner las fichas sobre el tablero para que este tenga algún ápice de lógica.

La guerra de símbolos es basta e interminable. Lazos amarillos y estado totalitario, banderas franquistas vs señeras republicanas, frases célebres vs tuits poco inteligentes, presidentes legítimos o presidentes simbólicos, butacas vacías y hemiciclos semi-vacíos también. El 1O, el 21D… así hasta el infinito y más allá, como dirían en Toy Story. Símbolos y más símbolos que ponen a pruebas, en un círculo vicioso  e interminable, el ingenio popular y la incompetencia política, con el anhelo inexorable de querer ganar la partida con los símbolos.

Pero para no perdernos, hemos de acordar mínimamente que en este juego de la “república”, en su sentido más amplio y sobre sus conceptos de base que cualquier estado decente debería tener, los actos ilegítimos se recurren a través de la justicia. Es decir, si se comente un acto ilegal, no es el “ejecutivo” el que decide aplicar tal o cual penalización, sino que, teóricamente, se interpela al “judicial” y éste actúa en consecuencia, o no. Caso contrario, si así no fuere y el “ejecutivo” aplicara las penalizaciones, estaríamos ante un modelo totalitario sin lugar a dudas. Con lo cual, si nos remitimos, sin olvidarnos, al génesis de este descontrol, los históricos días del 6 y 7 de septiembre, dónde lo legal quedó aplastado por una mayoría parlamentaria no suficiente, encontramos aquí la razón y el origen que dio lugar a que intervenga la justicia. Se judicializó así todo lo político, ya que, si son las directrices de la separación de poderes las que nos rigen, no había otra forma de hacerlo.

A partir de aquí, todo se desvirtuó, al menos para esta parte de la historia y cualquier símbolo anterior, sea del 1714, del 1977, o cualquier otro, no deben, ni pueden ser válidos en el contexto actual, porque a pesar de ser partes de la historia global, también son partes de otros contextos particulares. Si tenemos claro tal reflexión, esto será lo único que nos permitirá despejar cualquier duda que nos lleve a pensar, que en esta guerra de símbolos, sólo éstos nos permitirán justificar los soberbios errores de aquellos que no quisieron jugar a la política. 

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