Girona

Cuando el destino nos alcance

  • David Mérida
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En los ’70 alucinaba con una de mis primeras películas de ciencia ficción, “Soylent Green”, cuya trama y curiosa traducción de su título a “Cuando el destino nos alcance”, me llevan hoy a utilizarlos como preludio de lo que toca escribir.

Soylent Green
Soylent Green

La peli nos presentaba la Tierra del 2022, con un industrializado mundo en el cual nos habíamos cargado ya cualquier resquicio de naturaleza a causa de la contaminación, el calentamiento global y la superpoblación. Hoy, a cuatro años de tal predicción, pienso qué suerte hemos tenido de no haber llegado aún a este punto, ya que visto el paño en el que vivimos, pareciera que estamos tentados en cumplir ese destino.

Total y más allá del ficcionario y maltrecho contexto que intentó trasladarnos el director, lo que más impactó, a aquella alma de niño, fue el desenlace de la trama policial que acababa descubriendo que las pastillas verdes de “Soylent Green”, con las que se alimentaba la humanidad, eran producto del ignorado procesamiento industrial de los cuerpos que los desahuciados viejos inmolaban voluntariamente con el altruista objetivo de descongestionar el mundo. A cambio del sacrificio obtenían una placentera muerte de 20 minutos en los que podían gozar de su música preferida y hermosas imágenes del mundo tal y como era antes. ¡Vaya metáfora!. En este caso aquello de “el hombre lobo del hombre” nos retrataba más que pintados con la nefasta visión.

A esta altura del texto, se preguntarán ¿a santo de qué viene todo esto? Pues la rebuscada relación  me vino a la cabeza tras ver, los últimos días, mareas de pensionistas saliendo a las calles en pie de guerra por sus derechos. Derechos que el estado organizado, cual si fueran viejos ignorantes, se los quisieron cepillar, vendiéndoles un 0,25% como toda mejora a su pensión, lo cual ya no puede considerarse ni de cachondeo. Y aquí, mi absurda y retorcida conexión ficción-realidad, llevaron a mi macabra cabeza a imaginar que a este gobierno sólo le faltó invitarlos al “Hogar”, aquel paradisíaco lugar de la peli, al cual convidaban a los ancianos a ir a inmolarse voluntariamente en busca de su última paz y así puestos, que se dejen de joder.  Disculpen la grosería.

Pero los “viejos”, como llamamos cariñosamente a nuestros padres en mi tierra, se pusieron en pie de guerra y vaya guerra que empezaron a dar. Se echaron a la calle y el río comenzó a hacer un ruido escalofriante puesto que traía nueve millones de piedras a sortear.  Y más ruido hizo cuando uno de ellos inocentemente bramó: “Somos más de nueve millones, más de nueve millones de votos. Si nos ponemos de acuerdo, a este país le damos la vuelta!!”.  Lo cual hizo saltar todas las alarmas.

Obvio, cuando se trata de votos, automáticamente se abre la caja de pandora de los políticos y ese talón de Aquiles tan vulnerable es el que inmediatamente intentan resguardar.

Rajoy, en poco menos de 3 días, pasó del discurso de no tener recursos a dejar entrever que se está estudiando qué hacer para aumentar las pensiones y, tras él, todos los partidos políticos se apuntaron al carro. Otra vez había emergido al ruedo de los discursos banales el peliagudo tema. ¡Ay! maldita hemeroteca, qué despiadada eres cuando te propones sacudir la alzeimérica memoria ciudadana  sacando a la luz las promesas hechas a los pensionistas sin importar el color de dónde venían. 

Pero en esta guerra que iniciaron por tal atropello, la lucidez de su generación nuevamente nos golpeó cuando recordaron que de última ellos ya estaban vendidos y que el fin último y más noble que perseguían no solo era intentar por ellos sino por los que venimos por detrás también. Claro está, no podemos ser tan ingenuos de olvidar las propuestas de reformas que tienen en mente el gobierno, que de cumplirse, tanto la actual generación como las venideras, estarían vendidas también.

¿Cómo entender sino las estrambóticas propuestas de trabajar hasta los 75 años o más?. Obviamente, si nos abducimos por la perspectiva de la presidenta de la Comisión del Pacto de Toledo, la Sra. Celia Villalobos, que afirma que “hay ya un número importante de pensionistas que está más tiempo en pasivo, es decir cobrando la pensión, que en activo, trabajando”, tal abducción cerebral nos llevaría a inferir que estamos pagando zánganos. 

Y no conforme con esto, saca pecho y sentencia que si fuera por ella trabajaría hasta los 80, total, cómo está “divina de la muerte”, qué mayor bendición que seguir trabajando. No me extraña, si mi trabajo consistiese en distender mi stress, sentado cómodamente en un sillón del Congreso jugando al Candy-Crush o tirándome una siestita en plena sesión, yo me apunto hasta los 90. 

Como cereza del postre, la señora venida arriba y muy animosa se catapulta al estrellato aportando la ingeniosa solución danesa para los futuros pensionistas: ahorrar.  ¡Sí!, ahorrar 2 eurillos al mes, renuncia previa de una caña. Si los números no me fallan, tras 30 o 40 años de trabajo, conseguiríamos ahorrar la friolera suma de 720€ o 960€. Todo un subidón de adrenalina a los 75. Yo me pregunto si a estos “estadistas” no se les pasó por la cabeza que el problema no será llegar a esta edad, si la esperanza de vida así lo vaticina, sino que para la gran mayoría, encontrar quien los contrate después de los 50 ya es y será un milagro. Eso sin hablar de los otros tantos para los que levantar escombros en una obra o de servicio en un hotel no será lo mismo que trabajar en una oficina. Sinceramente, la falta de empatía es patética.

La simplificación de aumentar la edad de jubilación como “la solución”, no puede ni siquiera considerarse que tenga la lógica de una ameba, con el perdón de las amebas. Puede que el argumento de la esperanza de vida nos lleve a inferir que podríamos trabajar más años, pero si ese es el caso, al menos, por parte del gobierno, deberían vislumbrar alguna intención de articular mecanismos que aseguren que los vetustos trabajadores, que lleguen a cierta edad, puedan trabajar decorosamente en lugares propios para esa edad. Y no sentenciar fútilmente tal argumento y dejarnos, así sin más, con las nalgas al sol.

Por todo ello, los viejos salieron a la calle, iniciando su generación, una vez más, la resistencia tal y como lo hicieron hace más de 40 años contra el franquismo. Esta vez, no sólo anhelo que se sume nuestra generación a la movida, sino que todas las que vienen por detrás lo hagan también. No sea que validemos irónicamente aquello que descolgaba sutilmente Martín Niemoller cuando decía: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego…”

Viejos nuestros, para finalizar, qué mejor forma que hacerlo que con vuestra catedrática simplificación del hecho: ¡el 0,25 es una mierda!

Nos vemos en la calle, antes que el destino nos alcance.

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