Girona

La convicción que no convence

  • David Mérida
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Hay momentos en política en los que los políticos caen irremediablemente en la terrible encrucijada weberiana de tener que optar entre la ética de la convicción o la ética de la responsabilidad.

Parlament de Catalunya
Parlament de Catalunya

Son aquellos momentos en los que en el verdadero politico debería aflorar, no por una burda decantación binaria, aquel sentido de la mesura que balancee las dos éticas, es decir, el balanceo entre la pasión por la idílica causa y la responsabilidad objetiva que entienda la compleja realidad sobre la que se debe actuar para cambiar en pos del bien común.

 

Uno de estos momentos se presentó este miércoles, en el Parlamento de Cataluña, cuando tocó elegir al nuevo presidente de la Mesa.

 

A Podemos le bastaba con apoyar al candidato de C’s para que esta desbocada montaña rusa aparcase un momento en algún llano. Pero, tristemente, predominó la ética de la convicción. Aquella por la que Weber advierte que de predominar no tan solo puede guiar a un político a la ingenuidad del ideal que busca, sino que puede conducirlo a lugares extremos como el fanatismo absurdo por dicho ideal.

 

Tal vez, la postura era parte de un burdo postureo para hacer ver a sus votantes que no los decepcionarían y, por tanto,  había que sostener eso de “del carro no nos bajamos”. Así lo dijeron: “no daremos soporte a C’s” y así lo hicieron, trasladando el dicho a todos los escenarios.

 

Sin embargo, no dejo de preguntarme si, a fin de calmar un poco la escalada de tensiones, no podrían haber dejado abierta la posibilidad de condicionar la postura al objetivo de lo que se buscaba. La decisión y elección de quién sería el presidente de la Mesa del Parlamento no era una cosa trivial y mucho menos algo que debiera acotarse a simples convicciones, sino más bien era una cuestión de pragmatismo político que intentase conseguir, a través de la responsabilidad, una ventana de tiempo de tranquilidad, en la cual el independentismo pudiera bajar de revoluciones. Pero, pudo más la vanidad que el pragmatismo y con su abstención hemos vuelto nuevamente al punto de partida: una mayoría independentista en la Mesa del “Parlament” que ha abierto de nuevo la caja de pandora.

 

A priori, Torrent ha querido ofrecernos un discurso conciliador, apelando a la necesidad de “cocer la sociedad catalana”, no obstante, su designación como presidente no ha conseguido quitar de la órbita de discusión la kafkiana intención de tele-designar a un tele-presidente abriendo nuevamente la puerta al Matrix republicano y, contrariando a la estrategia podemista, su nombramiento ha conseguido simplemente dar más oxígeno para que la llama siga viva.

 

Si Podemos hubiera superado estos absurdos posicionamientos y hubiese puesto la justa y responsable carga de lo que significaba tener un presidente de Parlament no independentista y, en consecuencia, apoyado al candidato de C’s, hubiera dado lugar al escenario de calma que tanto buscamos, al menos por un tiempo. Las condiciones estaban dadas, los astros se habían alienado y todo apuntaba a la posibilidad de conseguir un cambio del flujo de energías.

 

Si bien, tal soporte solo aseguraba el empate de los candidatos, después de una segunda vuelta, la balanza se hubiera decantado indefectiblemente sobre el partido más votado y así se habría conseguido un presidente de mesa no independentista. Esto, desde el pragmatismo político, lo único que nos aseguraba era acabar con los agobiantes vaivenes de reinterpretación de leyes hasta el infinito y solo eso. Nada tenia que ver con apoyar cualquier otro tipo de políticas de su némesis C’s, contra las que podrían haber seguido disintiendo sin problemas, sean estas del ámbito social, económico, educativo, o del que fuera.

 

Sin embargo, se optó por la convicción que no convence retornando así a la casilla de inicio: un presidente y una mesa con mayoría independentista y todo lo que esto significa. Así, si el discurso de Podemos, según manifiestan, era el de no estar a favor de la independencia, sus acciones de corta visión dicen todo lo contrario, volviendo a sumergir, una vez más, al resto del país en nuestra vieja y conocida, pero poco deseada, amiga  ‘incertidumbre’.