Girona

El Harakiri político

  • David Mérida
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El mítico y truculento ritual japonés del “harakiri" ha llenado nuestras imaginativas historias de samurais desde que somos peques o al menos desde que yo lo era.

Un ritual en el que el honor se defendía de una manera implacable, con una hombría a la usanza japonesa y cuando el momento así lo demandaba, ya que no cualquiera se sentaba tan ceremoniosamente convencido de abrirse las entrañas en canal hasta que salga todo y, simplemente, esperar a morir. 

Así, los japoneses han seguido trayendo hasta nuestros contemporáneos años esta tradición del honor, tanto que, aún en este siglo y el anterior, nos han seguido llegando noticias de políticos o personajes públicos nipones  que acusados de corrupción o asuntos que afectaron su honor no dudaron en abrirse en canal antes que soportar la vergüenza pública. 

Leyendo sobre el tema, un caso que me dejó boquiabierto, fue el del Takijirō Ōnishi, el creador del escuadrón de kamikazes que, tras la rendición de Japón, decidió recurrir al ritual del harakiri o suppuku  por haber mandado a morir a tantísimas jóvenes almas en defensa del honor del Japón. Este señor, que no podía permitirse continuar con vida con tantos jóvenes que murieron creyendo en él, tras realizar un corte limpio en su vientre, no tuvo tanta suerte con el de su garganta y, rehusando a recibir ayuda con un piadoso golpe de gracia, decidió soportar quince horas de agonía hasta antes de encontrar la bendita muerte. 

Con estas conmovedoras historias sobre el reguardo del “honor”, es inevitable preguntarme: ¿dónde ponemos lo que nos toca, si de evaluar a nuestros paradigmas políticos se trata?. Quizás lo más sano y menos complicado sea lamentablemente convencernos que nuestros problemas de ética política, más que serios, pasan por simplemente aceptar que hemos caído en tan desgraciados niveles de anestesia mediática que la caradurez de estos representantes electos ya no puede ni sorprendernos. 

Obviamente, siempre es comprensible que la mirada en relación a cualquier problema, cuando de dos o más personas se trata, tiendan a “diferir” en el ámbito de las relaciones cotidianas y en el ámbito político, mira, también. Pero, actualmente los blaquinegros de la política nos dejan tan a contramano a la hora de intentar entender las argumentaciones partidistas que nos acaban dejando la extraña sensación que la ética o la verdad son permanentemente sodomizadas por la argumentación absurda en contubernio con la desfachatez ridícula. 

Lo peor es que con tanta anestesia también hemos llegado a convencernos que la política es el ámbito de unos elegidos. Unos que extrañamente no encajan dentro de aquel paradigma idílico que hemos construido sobre aquellos que decidieron dedicar “austeramente” parte de su vida en beneficio del bienestar popular, ya que,  vista la realidad que sufrimos, tal definición o buena intención de definición queda denostada por la cruda realidad. 

Si los paladines del bienestar popular tienen su paradigma en muchos de los actuales dirigentes políticos…  simplemente, me dan ganas de llorar. 

Basta con hacer “pito pito colorito” que no hará falta mucho azar para tener la desgracia de sufrir cualquiera de los corruptos casos que acosan nuestro día a día y sus insultantes argumentos a la inteligencia popular. 

Por decir algo, podrías toparte con la ex-presidenta de la comunidad madrileña, la Sra. Esperanza Aguirre, compareciendo ante la comisión de investigación sobre corrupción política, diciéndoles sin alterarse ni cambiar su rictus, que la idea de la construcción del ilegal campo de golf en los terrenos del Canal de Isabel II fue idea suya y sólo suya, declamando un ”Mátenme, pero la idea fue mía. Lo había visto en Tokio y en algunas películas” al mejor estilo Shakespeare. 

Estas declaraciones, más que gracia, deberían generarnos tristeza absoluta, ya que lo único que denota en esta señora es la falta de empatía y el poco respeto para con sus conciudadanos, justificando el hecho al mejor estilo compadrito. Por respuestas menos estúpidas, en mi empresa me hubieran puesto de patitas en la calle. Pero, como esta gente pertenece a esa extraña raza de intocables, esta señora muy asesoñorada ni se inmuta. 

Como este caso, decenas y decenas de estas perlas llenan placenteramente nuestros días, sin que alguno de estos actores nos conceda la nobleza de grandes sacrificios cuando los pillan en falta, ya  que se aferran a sus cargos como fósiles de trilobites a la piedra. Y de esta manera, el azar nos regala casos a diestra y siniestra, como el de la Sra. Barreiro, senadora del PP, que para desbloquear los presupuestos y exigencias del C’s, se pasaba al grupo mixto para “no perjudicar al partido al que siempre he sido leal, y por el interés general de los españoles”. O la Cifuentes que a pesar del escándalo que tiene con el master sigue aferrada a la silla con uñas y dientes, o… así hasta el infinito.

Como mucho, el sacrificio de estos nuestros políticos alcanzará apoteósicas y dolorosas decisiones de pasar a ser un “tránsfuga”. Curiosa palabra que tiene una carga semántica-emocional diferente dependiendo de las latitudes, ya que si aquí solo pasa por definir a aquel político que dejó su grupo para pasarse a otro, por mis tierras denota a un sinvergüenza u oportunista. Me agrada más la de mis tierras. 

De esta manera, con excéntricas dinámicas transfuguistas como estas, resarcen sus culpas estos paradigmas políticos que lejos (obviamente) están de aquellas drásticas decisiones niponas. Claro está que tampoco se trata de esperar a centenares de ibéricos samurais abriéndose en canal las entrañas en pos de la salud política; pero, como mínimo, sí que podríamos pretender el gentil gesto del honorable paso al costado que los aparte del cargo hasta que la causa se aclare. 

Así, y de una vez por todas, con estos pequeños gestos podríamos comenzar a recuperar parte de aquella ética perdida, aportando con esos pequeños granitos de arena al punto final del manoseo y la prostitución de la mentada presunción de inocencia.

Paraules clau: